Abrió los ojos, y se encontró hundiéndose en el océano. Era un chico de mar, de los mejores nadadores de su promoción, pero sentía que su cuerpo era muy pesado y no se podía mover, sus brazos estaban agarrotados y sus piernas parecían muy hinchadas. Lo había soñado tantas veces que se sentía confundido. ¿Estaba pasando de verdad? ¿Se estaba cumpliendo su peor pesadilla? Empezó a quedarse sin aire, las sensaciones eran demasiado fuertes para ser un sueño. Se veía todo el fondo marino, peces de todos los colores, e incluso una morsa pasó nadando cerca, sin inmutarse.
Cerró los ojos y se dejó llevar, si este era su final iba a disfrutar del último aliento. Trato de recordar los mejores momentos de su vida, se sentía relajado. De repente notó movimientos nerviosos a su alrededor y sintió que una mano tiraba de él con fuerza y lo devolvía a la superficie.
Necesitó unos segundos para volver en sí, hasta que volvió a abrir los ojos, y pudo ver un rostro borroso que lo miraba con preocupación. Era ella con su melena negra y los ojos de gato herido.
Los sueños son algo curioso, a veces es mejor no tratar de entenderlos. Si los consigues descifrar te pueden dejar más perdido de lo que estabas. Mario no acostumbraba a recordarlos, pero desde que Eva se había ido un día sin dejar rastro, no paraba de aparecerle todas las noches de la forma más surrealista.
Ni una nota, ni un mensaje. - Pensaba a menudo.
Siempre que soñaba con ella se levantaba agitado.
Salir a nadar, le ayudaba a calmar la mente, se había criado cerca del mar y era el único sitio donde se sentía seguro de verdad. Lejos de todo. No era una persona muy sociable, y desde que Eva le había dejado se había vuelto más introspectivo y desconfiado con la gente. Prefería estar solo.
Como todos los días antes de meterse en el agua, hacía su ritual. Se estiraba en la arena y respiraba profundamente, dejando que los primeros rayos de Sol le calentaran el rostro. Esperaba a escuchar una gaviota cantar para levantarse y salir corriendo hacia la orilla y tirarse con ímpetu dentro del frío océano.
Aquel día nadó con fuerza para alejarse de la costa, sabía que era peligroso, pero la rabia que sentía lo empujaba hacia el horizonte. Se veían algunos barcos de pescadores a lo lejos, y se acordó de cuando iban a navegar con Eva en verano, qué buenos recuerdos.
Su cuerpo empezaba a estar cansado, nunca había llegado tan lejos en tan poco tiempo. Pero seguía encendido, no podía detenerse. Ignoró todas las señales hasta que perdió el conocimiento.
Abrió los ojos, cuánto tiempo llevaría así, se estaba hundiendo, si no empezaba a nadar hacia arriba, se iba a ahogar, estaba ya bastante profundo. Su mayor miedo desde pequeño era ese. Lo había soñado infinitas veces, pero lo había superado porque amaba el mar más que a nada, pero ahora no se podía mover, su cuerpo estaba paralizado, se sentía muy pesado, y se dejó llevar. No tenía fuerzas para hacer nada más. Cerró los ojos.
De repente sintió que una mano lo agarraba y lo subía hacia la superficie. Necesitó unos segundo para volver en sí, abrió los ojos con dificultad. Estaba en una pequeña barca, había una chica morena que lo miraba fijamente con cara de preocupación. Veía borroso, pero la reconoció al instante. Era ella. Tenía tantas preguntas… ¿Dónde se había metido todo este tiempo? Quiso levantarse, para hablar y resolver sus innumerables dudas, pero ella le sugirió descansar.
Le acarició la mejilla y le besó en la frente. Su cuerpo aún no había olvidado su caluroso afecto.
Entre aquella sensación y el cansancio se durmió.
Abrió los ojos, se encontraba en su habitación, empapado de sudor. La cama estaba removida, como si alguien hubiera dormido a su lado, pero estaba vacía. Ningún rastro. Observó a su alrededor y localizó un sobre rojo en la mesilla de noche.
Para Mario, de Eva
Respiró profundamente, cerró los ojos, se armó de valor y lo abrió.
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